miércoles, 15 de marzo de 2017

Desolación

Amistad, amor y desolación - Joseph Lorusso















El dios es duro, muy duro,
pero justo.

En la ocasión indicada
—cuando Él
lo dispone—

del áspero suelo
emerge el tesoro.


domingo, 5 de marzo de 2017

Cuestionario del lector - Maumy González





1 – Tu nombre. Tu edad. De qué trabajás.
Me llamo Maumy. Tengo 42 años. Soy ingeniera y escritora.
2 – Calificate con un adjetivo a vos como lector.
Quisquillosa.
3 – ¿Qué es mejor que leer?
No me gusta calificar las cosas como mejores o peores. Leer te da la posibilidad de viajar sin tener que moverte de donde estás, es una actividad mágica. Para mí está en el mismo nivel que escribir y dibujar.
4 – ¿Qué no es mejor que leer?
Depende del momento. Pero insisto: no me gusta calificar las cosas.
5 – Tu libro favorito y por qué.
Tengo muchos libros favoritos. Han variado por épocas. El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, me fascinó de chica. De grande comencé a explorar otras cosas. Me vienen a la cabeza varios libros: los cuentos de Edgar Allan Poe que me prestó un amigo y nunca devolví, la trilogía de Claus y Lucas, de Agota Kristoff, Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, Soy leyenda, de Richard Matheson, La trilogía del Señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, las Historias de Terramar, de Ursula Le Guin, las Fabulas invernales, de Carlos Gardini, Plop de Rafael Pinedo, La Saga de los Confines, de Liliana Bodoc y tantos otros. 
6 – Tu autor favorito y por qué.
Al igual que los libros tengo varios autores favoritos que han ido mutando por época. Edgar Allan Poe, Agota Kristoff, Kjell Askildsen, Raymond Carver, Ursula Le Guin, Alberto Laiseca y un gran etcétera.
7 – Tu autor más leído. ¿Cuánto lo has leído?
Supongo que el autor que más he leído es Edgar Allan Poe, siempre regreso a sus cuentos. También Carver, cuando leí su primer libro de cuentos no pude evitar buscar compulsivamente el resto. He releído a Tolkien, a Le Guin, a Stephen King, a Salinger.
8 – ¿Cuál es el peor escritor o libro que leíste?
Creo que cada libro tiene su lector. Quizás lo que no me guste a mí le guste a otro. Por eso, no podría catalogar a un libro como “el peor”.
9 – ¿Qué debe tener una biblioteca pública?
En principio los clásicos. En general, todos los libros que pueda. Hay un lector y un momento para cada obra.
10 – ¿Qué debe tener una librería?
No entiendo mucho la pregunta. Pero si se habla de algo físico sugeriría un café y sillones donde te puedas sentar a leer y decidir si ese libro que estás hojeando es el que te quieres llevar.
11 – ¿Qué autor/es leés con la completa seguridad de que su/s libro/s te van a gustar?
No hay nada seguro en la vida. Incluso autores que me fascinan tienen un momento en que no puedo leerlos. No son ellos, soy yo.
12 – ¿Qué autor te desilusionó con el tiempo?
Creo que ninguno de los que realmente me han gustado.
13 – Características del espacio-tiempo para una jornada de lectura ideal.
No tengo un lugar ideal. Si el libro me gusta puedo leer en cualquier parte.
14 – ¿A qué lector admirás? Describilo.
Jorge Luis Borges quien decía sobre sí mismo que más que escritor era lector. Ha sido una gran influencia lectora para muchos.
15 – Si tuvieras la oportunidad mágica, ¿a qué autor muerto le otorgarías la gracia de vivir 50 años más para que siga escribiendo libros?
No sabría decirlo. En este momento pienso que tenemos un tiempo y lugar y que si lo extendemos quizás dejaríamos de ser lo que somos o hemos sido. En todo caso me preguntaría si el escritor tenía algo más para contar, si fue alguien que murió con una obra joven, por ejemplo. Siendo así, quizás escogería a Rafael Pinedo que murió poco después de publicar Plop, quizás una de las novelas de ficción imaginativa más originales que he leído.
16 – Leer es:
Viajar sin necesidad de moverte.
17 – ¿Alguna vez lloraste con un libro? Cuál, por qué, en qué parte.
Con varios, pero el que más me impactó porque es un libro sumamente triste fue Los que vivimos de Ayn Rand.
18 – Tu género favorito.
La ficción en general. La ficción imaginativa en particular.
19 – Algún tipo de tic u obsesión a la hora de la lectura.
No, ninguno que yo haya notado al menos.
20 – La lectura de qué libro recordás con más añoranza. Describí cómo fue.
El principito, fue el primer libro que leí de corrido y sin parar. Me acompañó durante un día entero. 










Maumy González nació en Venezuela, en 1974. Es ingeniera y escritora. Desde el 2005 vive en Buenos Aires. Sus textos han sido publicados en revistas y suplementos literarios. Todas las mañanas un muerto (La Letra Eme, 2014), su primer libro de cuentos, recibió Primera Mención Honorífica por el Fondo Nacional de las Artes. En 2016 resultó finalista en el Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Finlandia) y recibió una Segunda Mención en el Premio Municipal de Literatura “Manuel Mujica Lainez” (Argentina). Actualmente es Secretaria de Difusión de la revista literaria La balandra (www.la-balandra.com.ar); co-coordina el Ciclo Ficciones en el Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”; colabora en la prensa y difusión de nuevos narradores; dicta talleres de narrativa y lleva adelante el blog #LaAquateca (www.aquateca.com.ar), como un espacio de intercambio de herramientas sobre la creación literaria.







viernes, 17 de febrero de 2017

El otro

Repin - Ivan el terrible y su hijo






















Me arrodillo ante este suelo áspero: hundo mi cara en él
y finjo una plegaria.

Huelo rastros de espectros huidizos antes de seguir.

            (Ayer no tenía nada,
            hoy tengo un báculo
            con mi nombre tallado.
            Todos somos
            recuerdos
            nuestros.)

Sé que en el otro lado del vastísimo país del dios
hay otro igual que yo.

            Tiene estas mismas manos,
            tiene las mismas intuiciones.
            Tiene también unos ojos que no mienten
            y corazón de rey.

También sé que no vendrá a mi encuentro.
Se quedará donde está, pensando
en todo lo que pudo hacer.
Antes de morir, sabio y longevo,
soñará conmigo.


lunes, 13 de febrero de 2017

Conquista

El caminante sobre el mar de nubes (Caspar David Friedrich)






















Me he asomado apenas, de noche, a los terrenos del dios.
Me muevo, por ahora, en las lindes, prudente y tenaz.
A la fecha, no he visto más que estos peñascos, y
no me sé el nombre de más de dos o tres calles.

Mañana, sin embargo, exploraré allende los montes
y encontraré un lugar para vivir.
Levantaré mi propio castillo.

Llegaré al dios. Al centro mismo
de su corazón de dios.
De su imperio.

Lo haré mi esclavo.


lunes, 6 de febrero de 2017

El castillo desierto



Csak Képek

















En las sombras, bajo el escritorio,
en su castillo desierto,
aferrada a mis pies
me cuida y
me espera.

Yo me pierdo explorando
las estepas del dios.

Solo ella escucha, cada tanto,
un bocinazo, un ladrido,
el tic tac del

reloj.

(La monstruosa nave
del padre de
su padre.)


domingo, 22 de enero de 2017

A veces Joey brillaba tanto que dolía escucharlo





A veces Joey brillaba más que nunca, más que siempre. Iluminaba todo con su voz.
            Como en esta ocasión, que data de 1995, en el lejano Japón. Uno de esos pocos países a los que nuestros héroes perdedores viajaban a ser los Beatles (ser perseguidos por zombie-fans, tocar para miles y miles), para luego volver a la rutina de girar sin parar por Estados Unidos tocando en bares y pubs ante unas cuantas decenas.
            Y Joey a veces brillaba más que nunca.
            No existió nunca un triste como él que haya provocado tantas ganas de vivir. La dulce melancolía de su voz —en sus innumerables matices, como ningún otro ha tenido— transmitió ganas de vivir.
            Transmitió resistencia, pelea, rebeldía.
            Con versatilidad manejó los graves y seguros registros de Roy Orbison, combinados con las mejores interpretaciones melódicas y los ásperos graznidos del heavy metal.
            No necesitó en toda su carrera caminar ningún escenario ni arrojarse sobre el público preso de un éxtasis interpretativo para cautivar. (Stephen King, fan de los Ramones, extrañamente lo imagina haciendo esto en Lobos del Calla.)
            Así de simple, así de Gigante.
            Dicen que componía con una guitarra de dos cuerdas.
            Y así de inmortales serán sus canciones.


 A veces no, a veces, sin brillar dejaba hasta lo que no tenía sobre un escenario para demostrarnos a todos que, si él podía, todos podíamos.
            Como en esta ocasión, en River Plate, 1996, en la que por entonces se pensaba la despedida definitiva.
            Porque no se suspendían fechas. Así lo decidía el General Cummings: el de la guitarra.
            Apenas puede colgarse del frenético ritmo del cover de Creedence. Con un C.J. vigoroso y frenético y vital. Con un Johnny, como siempre, como una aplastante maquinaria de guerra y poder montado en una indestructible Mosrite. Con un Marky como un émbolo musical imparable, incansable y perfecto.
            Los cuatro irrespetados e irreconocidos por igual.
            Contaba con doce años al momento de ese recital. Lo vi en directo, solo, sentado en la cuarta cama de una gigantesca habitación en la gigantesca casa de mis abuelos. Una habitación a la que se llegaba luego de atravesar un interminable, zigzagueante y oscuro pasillo, con habitaciones silenciosas a los costados y la boca de un sótano en el medio.
            Con la cara a centímetros de la pantalla.
            Sin entender completamente por qué y cómo lo que escuchaba era demasiado importante para mí.
            Era necesario.
            Imprescindible.
            (Mis abuelos y la casa de mis abuelos ya no existen más.)
            Pero nuestra música siempre estará ahí para nosotros. Gracias a la magia de Youtube, para recrearlos en sus más diversas formas.
            Joey a veces brillaba tanto que dolía escucharlo y a veces no.
            Pero cada canción ha valido la pena.
            Estarán ahí, para siempre.
            Y mientras más solo estés, más estarán con vos.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Las fábulas, la repetición y los libros perdidos


















Era esa, la tapa.
            Edición en cartoné. Una edición aparentemente de 1979.
            Un libro grande, forrado con nylon. El interior de la tapa y contratapa era una ilustración con unos duendecitos desubicados para la publicación que sostenían un cartel.
            Se fue el lomo, y más tarde toda la tapa: quedó un libraco blando, que envejeció lentamente.
            Pero no terminó de morir. Vive, de hecho, y me pertenece, aunque no lo tengo.
            Su lectura quizá marcó para siempre una elección, una pretensión, una forma, una vida.
            Una concepción de la felicidad.
            La búsqueda implacable de lo simple: el regreso constante a los mismos lugares.
            (El Tiempo nunca ha dejado de ser eso, finalmente, volver. Eso y nada más.)
            Primero aprendí de memoria la fábula de mi cumpleaños, que era El hipopótamo que quería adelgazar. Cuya ilustración, recuerdo perfectamente, era un hipopótamo en shortcito, con una vincha ridícula, levantando una mancuerna.
            Luego aprendí de memoria las fábulas de todos mis parientes, y después las de los vecinos del barrio.
            Aprendí, por decantación, todas las fábulas de memoria.
            Puedo afirmar con total seguridad —apostando mi patrimonio completo— que la fábula del 8 de julio, por ejemplo, es El burro tramposo. Con una ilustración de un burro en una mesa jugando cartas con chanchos, todos antropoides. (De chico me preguntaba cómo podía sostener las cartas correctamente el burro con los vasos.)
            No tengo el libro. Sé quién lo tiene, pero me pertenece.
            Me gustaría volver a tenerlo, leerlo. Repetir.
            Los que repiten se aferran hasta la muerte. Los que repiten no caen.
            Es una forma de belleza, de aferrarse a ella.
            La mejor frase de Johnny Ramone, que de esto sabía, era: no queremos sorprender a nuestros fans, queremos hacerlos felices.
            Menos mal. Menos mal que los mantuvo a los demás a raya, porque cambiar es morir.
            Menos mal que tocaron siempre igual, que repitieron alrededor de dos mil veces una forma única de concierto.
            Por eso los amé, como a aquel libro.
            Tal vez provocada por la escasez.
            Si hubiera tenido veinte libros hubiera sido otro lector, otra persona. (Tal vez no hubiera sentido el rechazo que sentí en mi segunda lectura, unos años después, Alicia en el país de las maravillas, un libro que no pude concebir jamás.) Tal vez hubiera escuchado un disco de los Ramones, lo hubiera disfrutado, para terminar escuchando un DJ de Australia o algo así.
            Era feliz volviendo a leer lo mismo todo el día todos los días, tan simple como eso.
            Sigo buscándolo.
            (La magia de mercadolibre aún no lo ha hecho aparecer, al menos en Argentina; si alguien lo ve, me pega un chiflido.)
            Sigo volviendo a él en mis sueños.
            Sigo recordando los cumpleaños de todos los vecinos.
            Sigo teniendo una mnemotecnia infalible para las fechas.
            Me sigo aferrando, aunque, al día de hoy, no lo poseo.
            En mi corazón, me sigue perteneciendo.
            Y no olvido: yo nunca olvido.
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