1 de mayo de 2018

La fábula del escritor o cómo compré El nombre del viento de Patrick Rothfuss























Había entrado a la librería comercial buscando el segundo libro de una trilogía de Joe Abercrombie.
            Digámosle librería comercial.
            No obstante, contemplando las posibilidades en la sección de fantasía, me entraron las dudas.
            El escritor entró y preguntó por el encargado.
            Digámosle el escritor.
            Por “el encargado”. Así dijo. Recuerdo de memoria prácticamente todas las palabras. A lo Capote.
            Al reconocerlo, instintivamente, volví a la primera mesa para ver las agendas.
            He leído desde hace mucho al escritor en cuestión. Un buen escritor. De él siempre me quedaron las descripciones y los finales desconcertantes. Especialmente sus líneas finales. Me fascinaron siempre sus finales. Suelo volver a algunas de sus obras para revisar esas delicias técnicas.
            Hace más de diez años junté dos cuentos, unos cuantos poemas y cierto coraje y lo llamé por teléfono. Le dije (esas palabras, las de esa llamada, no las recuerdo bien) que me gustaría juntarme con él a tomar un café para mostrarle mis obras (es probable que haya dicho "obras"), que era un gran lector suyo.
            El escritor me contestó algo como: ¿cómo te llamás? Páez. Escuchame, Páez, estoy terminando una novela de más de trescientas páginas. (Ahora que lo pienso, puede que haya dicho ochocientas.) Y que por ende etcétera, etcétera, etcétera.
            Una parte de mí dijo "ah", e intentó, después de un silencio, una decorosa despedida, y otra parte de mí cortó el teléfono y pretendió olvidar la comunicación.
            —No hay— le respondió la chica de la librería comercial.
            —Bueno, entonces, con la persona responsable, digamos— dijo el escritor, todo sonrisas.
            —No hay. Tampoco. Somos todos responsables.
            En este punto bajó la voz y se estiró un poco sobre el mostrador. Le dijo su nombre y que era escritor, y le preguntó si no lo conocía.
            —Mmmm no, la verdad que no— le respondieron.
            No percibía ni la concisión de las respuestas, ni la sequedad del tono, ni la cara de orto de la chica, o no le importó. Porque insistió. Le dijo que acababa de publicar una novela y que le gustaría que se pudiera exhibir allí, y que él no pretendía ni el más mínimo beneficio económico.
            La chica le explicó que iba a ser imposible por un tema de facturación, etcétera, etcétera, etcétera.
            Digamos que lo orinó.
            Como en una fábula.
            El escritor que me orinó poéticamente desde un abeto a mí hace una década, lo orinaba esta vez una chica que atiende una librería comercial y que cuando le preguntan por Lovecraft no sabe en qué sección buscar.
            Desde el mostrador lo orinó.
            Como una campeona.
            Una parte del escritor dijo "ah" e intentó una despedida decorosa y otra, que anticipó a la primera, dijo:
            —Permiso.
            Y se fue a ver los libros.
            El concepto de vergüenza ajena no se puede comprender sin una experiencia. Vergüenza ajena es comprender la vergüenza que está sintiendo otro, y sentirla uno. Padecerla, físicamente, sin poder evitarlo.
            Porque la vergüenza es no poder evitar el desastre, pero viéndolo venir. Es una fuerza destructora.
            El escritor, en su interpretación de la dignidad, compró un libro a toda velocidad y desapareció.
            Yo volví a la sección de fantasía y, sin decidirme por ninguna opción, me fui de la librería comercial.
            Caminé hasta otra y compré El nombre del viento, de Patrick Rothfuss, y creo que fue una gran decisión.

28 de enero de 2018

The comedians




It`s always something cruel that laughter drowns






Te enroscabas el pelo, sin mirarme, y tu dedo índice era el cañón de una pistola que tiraba a matar. Y yo, con mi cabeza tan cerca, sentado, al lado tuyo, en el mismo banco.
            No me contestabas, te demorabas en hablar, no me contestabas.
            —No sé— dijiste por fin. —¿Y por qué a un parque?
            Preguntabas como si te estuviera invitando a un tour interactivo por los anillos de Saturno.
            —Los parques son lindos— te dije. —No sé cuándo fue la última vez que vino uno a San Luis.
            Te paraste: me quedaba poco tiempo.
            Te dije que en un parque dos comediantes le habían hecho pasar un momento de mierda a Roy Orbison, pero por suerte este fue en el mundo fantasioso de las canciones. Porque, admitámoslo, con el mundo real tuvo siempre más que suficiente.
            Te conté cómo el pobre Roy había subido a la vuelta al mundo, y desde allá arriba, la había visto a la chica cuchicheando con otro tipo.
            The comedians: los farsantes, los mentirosos, los comediantes, los maravillosos comediantes.
            Divertida, contemplabas sin sorpresa cómo mi delirio discursivo hacía ebullición.
A Roy le alcanzaba con su capacidad compositiva para entrar en la historia de los grandes del rock. Te lo dije como una sentencia absolutamente inapelable. También le hubiera alcanzado para estar en la misma categoría el solo hecho de tener la más virtuosa voz que haya concebido el género.
            Pero tenía las dos cosas, sin embargo.



Y también en un parque, te conté, Joey Ramone se anotó una buena para él, cuando recuperó un antiguo twist, Paladises Park.
            En una noche, por fin, Joey —que fue otro desgraciado— le salió todo bien. Estaba caminando solo, y entró en el parque Paladises, y se enamoró de una chica, bailó rock con ella, subió a la vuelta al mundo, y ella —que casi le vomita encima— le agarró las manos, comieron un pancho, y se quedó con él.
            No se la llevó ningún Ku Klux Klan.
            Por momentos, caminando al lado mío, con esa inconcebible forma de hacerlo con los brazos cruzados, mirabas para otro lado. Me dabas la espalda, como quien viaja a otro mundo.
            Puede que rieras, mientras yo te buscaba por un lado y por otro. Y todas las risas esconden algo cruel, ya sabés, lo dijo Roy.
            —Pero este no se llama Pa...
            —Paladises— completé.
            —Como sea. Es otro.
            —Es el nuestro. Vino por nosotros. Pensá por un momento si no seremos los protagonistas de una canción que aún no se hizo. El tipo, el que sea, necesita nuestra historia.
            Llegamos a tu casa. Sacaste la llave para entrar. Amagaste con darme un beso, y te arrepentiste.
            —Escribila— me dijiste, y yo sentí que lo que querías decir realmente era que la escribiera, porque no me quedaba otra.
            Porque era lo único que podía hacer.
            Entraste, y yo me fui a esperar mi colectivo.
            Pensé en Roy. Pensé que si al final íbamos al parque, y subíamos a la vuelta al mundo, en su punto más alto, estaríamos más cerca de él.
            La iba a agarrar de la mano, se lo prometí.
Miré al cielo y se lo prometí.




15 de marzo de 2017

Desolación

Amistad, amor y desolación - Joseph Lorusso















El dios es duro, muy duro,
pero justo.

En la ocasión indicada
—cuando Él
lo dispone—

del áspero suelo
emerge el tesoro.


© Antes y después de la lluvia
Maira Gall